LUIS PABLO, una vida entera entregada a la libertad
Ha fallecido Luis Pablo de Torres Cabanillas, extremeño de Mérida,
anarquista de la CNT y compañero de los que no se esconden cuando toca
dar un paso al frente.
anarquista de la CNT y compañero de los que no se esconden cuando toca
dar un paso al frente.
Nacido a comienzos de los años cincuenta, dedicó
su vida a La Idea con una convicción que no necesitaba altavoces ni
reconocimientos. Creía en la afiliación, en la fuerza organizada de la
gente corriente, no en supuestos iluminados. Y actuó en consecuencia.
Su militancia libertaria fue constante y práctica. En Mérida y
Villanueva de la Serena estuvo donde hacía falta: organizando,
defendiendo, sosteniendo el trabajo sindical en momentos difíciles. No
fue un hombre de despacho ni de pose. Cuando había que cargar con el
peso material y político de la organización, lo hacía sin aspavientos.
Cuando tocaba defenderla frente a provocaciones fascistas, daba la cara.
Sin teatralidad, pero sin un milímetro de retroceso.
Trabajó como educador de personas con discapacidad en el turno de noche
de una residencia. Eligió el horario más duro y el trabajo más
invisible. Compartía su salario con compañeros y causas, con
naturalidad, como quien comparte el pan. Más tarde estudió Derecho y
ejerció como abogado en penal, social y laboral. Defendió a trabajadores
y a personas en situaciones límite, convencido de que el derecho, aunque
imperfecto, podía ser una herramienta al servicio de la justicia social.
Fue un humanista en el sentido más exigente del término. Solidario
también con personas de Perú durante una etapa de su vida, entendía la
fraternidad sin fronteras. Su compromiso no era una consigna, era una
práctica diaria.
Beligerante cuando tocaba, apasionado en la discusión, incómodo para los
autoritarios. En los años en que la ultraderecha pretendía amedrentar en
las calles, no agachó la cabeza. Asumió juicios y consecuencias con la
misma serenidad con la que organizaba jornadas libertarias o debatía
sobre filosofía y política. Era pura pasión, sí, pero una pasión puesta
al servicio de lo colectivo.
Nunca buscó medallas ni protagonismo. No le interesaban los cargos ni la
fama. Le interesaba que la organización funcionara, que la gente se
afiliara, que la justicia social dejara de ser un lema para convertirse
en realidad. Fue coherente, generoso y leal.
Se va un compañero íntegro, de los que hacen sindicato sin ruido y
revolución sin postureo. Queda su ejemplo, que es más útil que cualquier
homenaje grandilocuente.
Salud y anarquía.
su vida a La Idea con una convicción que no necesitaba altavoces ni
reconocimientos. Creía en la afiliación, en la fuerza organizada de la
gente corriente, no en supuestos iluminados. Y actuó en consecuencia.
Su militancia libertaria fue constante y práctica. En Mérida y
Villanueva de la Serena estuvo donde hacía falta: organizando,
defendiendo, sosteniendo el trabajo sindical en momentos difíciles. No
fue un hombre de despacho ni de pose. Cuando había que cargar con el
peso material y político de la organización, lo hacía sin aspavientos.
Cuando tocaba defenderla frente a provocaciones fascistas, daba la cara.
Sin teatralidad, pero sin un milímetro de retroceso.
Trabajó como educador de personas con discapacidad en el turno de noche
de una residencia. Eligió el horario más duro y el trabajo más
invisible. Compartía su salario con compañeros y causas, con
naturalidad, como quien comparte el pan. Más tarde estudió Derecho y
ejerció como abogado en penal, social y laboral. Defendió a trabajadores
y a personas en situaciones límite, convencido de que el derecho, aunque
imperfecto, podía ser una herramienta al servicio de la justicia social.
Fue un humanista en el sentido más exigente del término. Solidario
también con personas de Perú durante una etapa de su vida, entendía la
fraternidad sin fronteras. Su compromiso no era una consigna, era una
práctica diaria.
Beligerante cuando tocaba, apasionado en la discusión, incómodo para los
autoritarios. En los años en que la ultraderecha pretendía amedrentar en
las calles, no agachó la cabeza. Asumió juicios y consecuencias con la
misma serenidad con la que organizaba jornadas libertarias o debatía
sobre filosofía y política. Era pura pasión, sí, pero una pasión puesta
al servicio de lo colectivo.
Nunca buscó medallas ni protagonismo. No le interesaban los cargos ni la
fama. Le interesaba que la organización funcionara, que la gente se
afiliara, que la justicia social dejara de ser un lema para convertirse
en realidad. Fue coherente, generoso y leal.
Se va un compañero íntegro, de los que hacen sindicato sin ruido y
revolución sin postureo. Queda su ejemplo, que es más útil que cualquier
homenaje grandilocuente.
Salud y anarquía.